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Paciente de Tangoshiari: crónica del cupo, la cita y la interconsulta

Hace tres meses Karla y su hija están en la ciudad del Cusco. La paciente no es Karla, sino su hija, Heyli, quien fue internada en el área de pediatría del hospital Antonio Lorena. La paciente, junto a su madre, estuvo dos meses en el hospital y luego le dieron de alta. Para hoy le programaron una cita de control y me tocó acompañarla. Va la crónica de lo sucedido, pero antes, algunas notas previas para entrar en contexto.

De Tangoshiari a Cusco

Heyli nació en la comunidad nativa de Tangoshiari, distrito de Megantoni, provincia de La Convención, departamento del Cusco, Perú. Ni bien salió del útero, el personal de salud la transfirió, junto a su madre, al Centro de Salud Camisea, la capital del distrito. Luego la enviaron “volando” (quiero decir surcando rápidamente el río Urubamba) al Centro de Salud de Ivochote, donde fue inmediatamente referida, en ambulancia, a Quillabamba, la ciudad amazónica más importante del departamento del Cusco. 

En el hospital de Quillabamba, la niña no tenía mucho qué hacer, así que la trasladaron al hospital Antonio Lorena de la ciudad del Cusco. El viaje fue de cinco horas. En ese lapso, la paciente y su mamá pasaron de 1000 a 3300 msnm. 

El hospital Lorena, después de las pruebas y análisis, dio el siguiente diagnóstico: displasia, proceso infeccioso en los pulmones, desnutrición y artritis. Sí, todo eso en el cuerpecito recién nacido de la niña. 

Karla

Ella tiene 21 años, aunque parece de menos. Es “primeriza”, es decir, Heyli es su primera hija. He oído muy poco de su marido. Solo sé que “trabaja en la empresa” (ahora esta es una frase de moda en el Bajo Urubamba y se usa para afirmar que una persona está trabajando con alguna de las empresas de extracción de gas de la zona). También sé que en ocasiones le da dinero al presidente de la comunidad para que éste me lo pase a mi cuenta del Banco de la Nación, y yo le transfiera el dinero a Vilmanuel, y él se lo entregue a Karla en billetes. Este trámite, o esta forma de pasar el dinero de mano en mano (sin el cobro de intereses, por supuesto), refleja el modo en que la plata --y muchas cosas-- pasan desde la selva hacia la sierra y viceversa. 

Bueno, Karla es joven y siempre me habla en ashaninka, aunque sabe que no la entiendo. Cuando ve que no le respondo, entonces mastica algunas palabras en castellano, pero siempre en voz baja, aunque con una seguridad que a veces suena a reclamo. Típico de la mujer indígena cuando habla con el varón.

Internas en el hospital 

Heyli, acompañada de su madre, pasó dos meses en el hospital Lorena. Le dieron tratamiento y le pusieron un arnés en ambas piernas a manera de prótesis. Karla tiene una sonrisa receptiva y, por su juventud, intuyo que se adecuó rápido al régimen y a la comida del hospital. Bueno, a la comida no tanto, porque a los tres días me pedía que le llevara “pollo a la brasa”. 

Felizmente, Karla tuvo compañía en el hospital. Se trataba de la abuela (65 años) y la tía (13 años) de Jack, un niño matsigenka de cuatro años que parece de dos por un tipo de desnutrición llamada “washorko” (kwashiorkor), que, según Wikipedia, es por la falta de proteínas en la dieta. Jack es un niño triste y llorón (no es para menos). Sara, su tía, es vivaz, atenta y frontal. Sonia, su abuela, sonriente, cortés y calmada. Es inusual que tantos paisanos estén en una misma sala de un hospital del Cusco, pero es revitalizante para ellos, porque pueden conversar aunque no se conozcan. 

A Karla se le complicó la crianza de su hija recién nacida. No sabía cómo darle de lactar, de sacarle el “chanchito” (el eructo), de cambiarle el pañal y de qué hacer con el llanto de su hija. Claro, como primeriza no tenía a su madre ni a su abuela para el adiestramiento, así que esa función la cumplió el personal de salud, especialmente las técnicas, las licenciadas y las médico pediatras. También la nutricionista. Me imagino la cara molesta e indiferente de Karla al recibir los insistentes consejos y directrices de crianza del personal de salud. 

Alta médica y COMARU

Dos meses después, Heyli salió de alta, pero con la condición de que regrese en un mes para controlar su peso y saber si el tratamiento del arnés había funcionado. Aunque Karla, la mamá, tenía ganas de regresar a su comunidad y ver a su familia, se desilusionó al saber que tenía que quedarse en Cusco un mes más. Ella extraña el calor de su tierra y aborrece el frío cusqueño. Ella extraña a su madre, a sus hermanitas y tal vez a su esposo, y aborrece ser apoyada por gente que no conoce, que no es familia. Ella se sorprende cuando ve los cerros cusqueños llenos de casas y edificios color ladrillo en vez de árboles y aves. No ve cultivos por ninguna parte, pero ve las alacenas de los supermercados rebalsando. Para ella, esto no tiene sentido. 

Vilmanuel, mi compañero, acogió a Karla y a la bebé en COMARU, que es la organización indígena del Bajo Urubamba que tiene una casa aquí, en Cusco. COMARU le hace un espacio, le da una habitación, le pone un catre, un colchón. También hay, felizmente, compañía, es decir, otros matsigenka, jóvenes indígenas que vinieron al Cusco a estudiar en los institutos superiores o en la universidad. Karla no estará en casa, pero al menos tendrá con quién conversar. 

Disyuntiva

Heyli y Karla deben regresar en un mes al hospital Lorena para sus controles. La disyuntiva es la siguiente: o la paciente y la mamá se quedan en Cusco hasta que llegue el día de su cita, o regresan a su comunidad y en un mes retornan al Cusco. Si se quedan en Cusco, entonces hay que cubrir los gastos de estadía (alimentación, hospedaje, pasajes) y es probable que Karla se aburra (¡ya está aburrida!), pero aseguramos que asistan a la cita en la fecha indicada y que tengan buena alimentación. Si la paciente y la mamá se van a su comunidad, entonces hay que cubrir sus gastos de traslado (ida y retorno) y esperar la voluntad de Karla de regresar al Cusco, cosa improbable, porque la mayoría tira la toalla. Además, posiblemente Heyli no acceda a la alimentación que requiere para recuperarse o para alcanzar el peso estándar que exige el hospital.

Así, para nosotros, es mejor que ambas se queden en Cusco. Claro, el problema es la famosa hoja de Referencia, el papel que la Posta de Salud de origen (Tangoshiari) entrega para que la paciente sea atendida nuevamente en el hospital Lorena. Pero vamos, nada que no se pueda solucionar con un poco de tramitología.

Decisiones

Exponemos la situación a Gilberto, el presidente de Tangoshiari y el mecenas. Acepta la propuesta. Él envía dinero para la alimentación y los pasajes, COMARU seguirá apoyando con la vivienda y nosotros cubriremos el acompañamiento. A Karla no le queda otra. Ella quería regresar a su comunidad. 

Tramitología

Ya que Heyli no regresará a la Posta de Salud donde empezó todo, entonces, ¿cómo conseguirá su referencia que la habilitará para ser atendida en el hospital Lorena? Fácil. Un día antes de la fecha indicada, Vilmanuel lleva a Heyli y a Carla a una Posta de Salud cercana a COMARU. El trámite es el siguiente: 

  • Presentarse temprano, a eso de las 7:00 am. 
  • Hacer cola.
  • En la ventanilla, solicitar una consulta médica en el área de pediatría.
  • Si hay cupo, entonces te dan la cita para ese día. Si no hay cupo, entonces hay que regresar al día siguiente, y así. En nuestro caso, felizmente hubo cupo para ese día.
  • La médico pediatra revisa a la paciente y, en efecto, emite una referencia para que ésta sea atendida en el hospital Lorena. 

En el hospital

Al día siguiente, con la referencia en mano, Vilmanuel va al hospital Lorena para sacar la cita. Hace la cola. Llega a la ventanilla. La persona que atiende mira y remira los documentos. Hace muecas, falta algo. Luego pregunta “¿Y el DNI de la paciente?”

Pucha, el DNI

Para sacar una cita en cualquier área del hospital, se requieren los siguientes documentos:

  • Hoja de Referencia, original.
  • Documento Nacional de Identidad (DNI), original.
  • Hoja de afiliación al Sistema Integral de Salud (SIS), copia.

La niña no tiene DNI. La mamá solo tiene entre los miles de papeles oficiales una constancia de nacido vivo emitida por su posta de salud. Pero eso no vale para sacar cita en el hospital. Se requiere, como mínimo, el Acta de Nacimiento emitido por la RENIEC (el registro civil). 

Vilmanuel pensó que con un “rogativo” o “suplicatorio” (rogar y suplicar) bastaba para obtener la cita. Él pensó --bueno, nosotros pensamos--, que el suplicatorio iba funcionar en el hospital como funcionó en la Posta de Salud, pero la burocracia hospitalaria no tiene conmiseración, empatía ni comprensión. Explicamos que la paciente fue traída con la ropa puesta desde su comunidad y así la atendieron en este insigne hospital, con un SIS provisional. Así que, ¿por qué no hacer una excepción esta vez y darnos la cita, considerando que, además, tenemos la carita suplicante? Qué ilusos fuimos. En esta ventanilla no hay excepciones... “¡Que pase el siguiente por favor!” fue la respuesta que desbarató nuestras intenciones y posibilidades. 

¿Por qué Heyli no tiene DNI? En teoría (cuando se trata de la gente de la selva, el sistema de salud siempre funciona “en teoría”), la mamá debió inscribir a su hija en cuanto nació, pero en la comunidad no hay RENIEC, aunque sí un registrador civil. El caso es que no la inscribió porque salió “volando” hacia el Cusco. En el hospital del Cusco, tampoco la pudo inscribir, porque la niña nació en una provincia diferente, es decir, en otra jurisdicción. 

A Quillabamba, momentáneamente

La única alternativa que nos dan es la siguiente: Karla tiene que regresar a Quillabamba para inscribir a Heyli en la RENIEC de allá, porque esta oficina pertenece a la provincia de La Convención, la misma donde nació su hija. Solo así obtendrá el Acta de Nacimiento y podrá iniciar el trámite para el DNI.

Así que la niña, que fue jaloneada de aquí para allá por el sistema de salud para salvarle la vida, tendrá que regresar a Quillabamba para tramitar su DNI, y luego tiene que venir al Cusco, para sacar una cita de control en el hospital. Travesías de la vida.

Karla y su bebé hicieron cinco horas de viaje en bus a Quillabamba. Del frío al calor, de los Andes a la Amazonía. Felizmente, en esa ciudad tenemos a Roger, otro experimentado voluntario. Él sabe de estos trámites. Lleva a Karla y a la bebé al hospital de Quillabamba, donde hay una ventanilla de la RENIEC, y allí inscribe a la niña. Finito. Le entregan el Acta de Nacimiento y el váucher (recibo) que constata el inicio del trámite para obtener el DNI de la niña. Según este papel, el DNI le será entregado el… no hay fecha… Algún día será. 

La primera cita

¿Dónde estábamos? Ah, sí. Bueno. Karla y Heyli regresan al Cusco sin inconvenientes. Vilmanuel ya tiene el trámite del DNI en manos y, como prueba, el Acta de Nacimiento otorgado por la RENIEC. Con eso, el sistema de salud ya no hace mueca y le da la cita esperada en el área de pediatría del hospital Lorena del Cusco. 

La médico revisa a la niña y concluye: “la mamá tiene que darle teta todo el tiempo; la bebé no ha subido mucho de peso; la mamá tiene que comer bien para eso”. Y agrega: “tiene que regresar el día 24 de marzo para un nuevo control y pasar a traumatología”. 

El enfermero enfermo

Vilmanuel me llama anoche y me dice que está con gripe. Vilmanuel es enfermero, está a punto de graduarse como Licenciado. Será el primer matsigenka en hacerlo. Pero hoy no podrá acompañar a Karla y a la bebé al Hospital Lorena. ¿Y ahora?

El voluntario

No habiendo más opciones, me apunto, acepto el llamado. Busco a Vilmanuel en COMARU y me da indicaciones que nunca había oído en mi vida: 

  • “Ella --se refiere a Karla-- sabe dónde hacer la cola para la sacar la cita”.
  • “Aquí está la Referencia original y la copia”.
  • “No, no hay DNI porque ya sabes que está en trámite, entonces hay que sacar cita solo con el Acta de Nacimiento”.
  • “La cita es para el área de medicina. Cuando te atiendan allí, le pides a la doctora una interconsulta a traumatología”.
  • “No, no podemos pedir una cita de frente en traumatología, porque primero te atienden en pediatría y luego recién en traumatología, con la debida orden de interconsulta”.
  • “No te preocupes, hoy mismo te darán la cita en pediatría, y para la interconsulta en traumatología tiene que pasar 24 horas para sacar la cita, o sea ya el lunes”. 

Karla, la bebé y yo, salimos de la casa COMARU. Mi cabeza está revoloteando de tanta información. Me ordenaré en el taxi --me digo. 

En el Lorena la salud no es amena

Entramos al hospital sin problemas y hay colas por todas partes. Felizmente Karla ve una fila y se coloca allí sin más. Ella me asegura que esa es su cola. 

Me sorprende Karla, porque, a diferencia de otros pacientes que recibimos, ella es más avispada, despierta, ágil y actúa con autonomía. Debe ser porque la gente de su comunidad no es tan aislada y porque también ella habla un poco de castellano. 

Resulta que la cola sí es para sacar la cita; es la ventanilla preferencial. Claro, Karla lleva a su bebé en brazos con la típica faja ashaninka. Karla y yo nos turnamos para hacer la cola. Yo no tengo cara de ser “preferencial”, así que la gente me mira raro, como preguntándose “este pelucón qué se cree para hacer cola aquí”. La otra cola, la regular, sale hasta la calle… 

Felizmente nos atienden rápido. Una señorita amable lo hace. Mira los papeles y todo parece en orden hasta que dice “¿Y el SIS?”. Se refiere al Seguro Integral de Salud. Es un papel colorido donde consta que la paciente está asegurada. Sacamos el fólder y desordenamos todos los papeles acumulados en tres meses de trámites… Encontramos una copia del SIS y se la entregamos. Ella lo revisa y dice: 

--Esto no es, este SIS es de la mamá, no de la niña.

--Es que es recién nacida y aquí la atendieron con el SIS de su mamá --respondo.

--No señor, esta niña no tiene SIS, acabo de ver en el sistema, así que tendrá que pagar como atención privada.

--Bueno, ya, no hay problema, que sea pagado nomás --respondo confiado. 

Pasa que prefiero pagar diez soles a pelearme con el sistema por un día de cita y consulta. El SIS que espere. 

El papel con la fecha y hora de la cita se imprime en una máquina antigua. Ese sonidito mecánico de ir y venir, esas agujitas que chirrían por los años de trabajo, esa cinta negra decolorada que da vuelta y vuelta, ese sonidito, aunque simple y antiguo, pasado de moda, es música para mis oídos, porque indica que el trámite resultó. 

--Con esto tiene que ir a Caja y pagar diez soles, luego pasa a Triaje --me dice la persona que controla el “enter” de la impresora.

En Triaje, esperando

Me voy a Caja, obediente, mientras Karla y la bebé me esperan en Triaje. En la ventanilla entrego los papelitos. Las dos cajeras (¡sí, dos cajeras en una ventanilla?) me dicen, como gemelas, que el pago no procede, porque la niña tiene SIS. Ellas sustentan su posición en que la nota de la cita tiene adjunta la Referencia, y eso es indicativo contundente de que la niña tiene SIS, así que no procede el pago.

Les hago un like y me voy a Triaje. Mientras camino, leo el papelito de la cita y en alguna parte dice: “consulta particular, pague en caja, caso contrario no será atendido en este insigne nosocomio…” Está bien, me inventé la mayor parte, el papelito solo decía “consulta particular – no SIS”. Chispas, regreso a Caja y expongo mi preocupación a las almas gemelas. Ellas se miran, se rascan la cabeza al mismo tiempo (¡las agarré!), hacen una mueca al mismo tiempo (parece que juegan al espejito). Luego me dicen --al mismo tiempo-- “vaya allá, a Referencias, allí le aclaran”. 

Voy a Referencias. Expongo mi caso. La funcionaria me dice “afuera, en la calle, imprimen el SIS, vaya usted allá, aquí no imprimimos SIS”. 

--Bueno --respondo--, solo quiero saber si esta persona tiene SIS para pagar o no.

--Está bien --me dice con amabilidad (ah, no crean que todas las personas que trabajan en las ventanillas públicas son malgeniadas). Luego agrega: --dícteme el número que aparece en la Referencia… No, no, no existe... a ver otra vez… no, no, esa persona no tiene SIS, a pagar nomás señor --sentencia. 

Miro a las cajeras gemelas y me sonríen con la curiosidad encima. Quieren saber el resultado de mi gestión en Referencias:

--No, dice que tengo que pagar nomás --concluyo poniendo una mueca de inconformidad.

Ellas cogen el papel --al mismo tiempo-- y me dicen: “Bueno señor, hicimos lo posible para que no pague, pero ya ve usted, más bien gracias por su paciencia”. Lo dicen, obviamente, al mismo tiempo. Mientras tanto, una coge el papel, la otra el billete, la otra el cambio y la otra pone el sello. Hay cuatro manos y un cerebro.

En Triaje hacemos cola, otra vez. Nos atienden. “No, no ha llegado su historia aún, tienen que esperar”. Esperamos. Nos llaman. 

--Ya, ok --dice la técnica mientras lee los papelitos, y luego exclama: --¡No tiene SIS?

--No --respondo.

--Ok, veo que han pagado, entonces este papel de la Referencia ni lo muestre, porque quiere decir que tiene SIS; guárdelo por favor. 

Luego le hace unas preguntas a Karla y nos dice que vayamos a la oficina 72, allí está la pediatra. 

Karla y yo nos internamos en el hospital. Es una aventura de pasillos y acertijos. Parece un laberinto. Yo me pierdo. Karla me jala del brazo y me lleva a la oficina 72. Yo cinco años visitando hospitales y ella con tres meses se ubica mejor. 

Hay gente por todas partes, esperando. Alguien reclama y le dicen que no hay personal, que han despedido a muchos, que ni modo. 

Esperamos. Mientras tanto voy a la carretilla a comprar algún refrigerio: una barra energética, plátano frito, pasteles, refresco de camu camu y maíz tostado. Los pasteles son para los porteros, mis patas. El resto para ir picando con Karla, ya que ella me dice que salió de la casa sin desayunar. 

En cuanto Karla recibió la barra energética, la partió a la mitad y se la dio a un niño que estaba a su lado. La mamá del niño agradece y el papá le sigue. Pero hay otro niño, el hermanito del primero, que solicita su ración. Yo saco uno de los sobres de plátano frito y se lo entrego. El papá agradece y la mamá le sigue. Segundos después, el niño me mira y me dice “gracias”, luego mira a su papá y parece decirle “ya papi, ya hice lo que me dijiste”. Esos “gracias” de los niños son mágicos, son el abrazo de Dios, pero esos “por favor” son demoledores, son la espada de Damocles. 

Me sorprendió la rapidez y facilidad con que Karla compartió su barra de alimento con un niño extraño. Ella es joven, pero ahora es mamá. Ella es joven, pero también es hermana mayor. Ella es joven, pero también es hija. Pero, sobre todo, ella es ashaninka, de la rama arawak, de la comunidad de Tangoshiari, de la selva amazónica, indígena, gente del bosque y del río, donde se comparte por reflejo y no por “educación”. 

Religión hospitalaria

Mientras esperamos el turno en pediatría, viene una señora que ya habíamos visto y oído en el área de Triaje. Es grande, robusta, cobriza, pelo negro recogido, gorro ancho, barbijo negro, chompa gruesa con cierre al medio, falda de tela, medias gruesas, zapatos negros y desgastados. Se para en el pasillo y recita unas frases memorizadas sobre Cristo, el pecado y la salvación. Su voz tiene potencia, autoridad. Habla bien, se la entiende. Termina su alocución con la dirección y el nombre de su iglesia. Luego se acerca y meticulosamente escoge a sus “víctimas”: sobre todo ancianos, ancianas, convalecientes… Pasa de largo por mi lado y le habla a uno que está cerca.

--¿Quiere leer a Cristo? --le dice. 

El aludido, un varón de mediana edad, no responde. Fija su atención en la pantalla de su celular que pasa y repasa con el dedo…

--¿Quiere leer a Cristo sí o no, sé franco, responde! --insiste la hermana. 

--Está bien --responde flemático.

La hermana le da un cuaderno abierto en donde ha escrito unas frases con lapicero azul y letra grande y dibujada.

--¡Lee! --le dice. 

El aludido empieza a leer sin conmocionarse. Parece una grabadora vieja que repite frases entrecortadas por la antigüedad. El texto era sobre el pecado, el perdón, el cielo, el infierno, Cristo, redención, arrepentimiento y quemen a todos los herejes, especialmente al pelucón que está al lado porque parece israelita del Nuevo Pacto Universal (se refería a mí).

Yo estaba por intervenir, pero el flemático calló y la hermana le agarró de un hombro y le dijo: “Hermano, no te preocupes, sanarás pronto, ven a la iglesia, oraremos por ti y sanarás; tienes que comer esto y beber aquello, y sanarás, Dios te ama, Cristo te ama…”. Fue cuando me di cuenta que el aludido, quien seguía viendo su celular con el mismo interés con que escuchaba a la hermana, tenía casi toda la pierna enyesada. La hermana, en efecto, había escogido bien: una persona desalentada e indiferente. 

La hermana continúo su camino y todos en el pasillo cruzamos miradas con una sonrisa de complicidad. Su “víctima” --sin mirarnos-- seguía flemático, indiferente, ausente. 

Cristo te ama, lee

La llamada

Se abre la puerta 72 por enésima vez y por fin llaman a la bebé por su nombre. Nos acercamos corriendo y no es porque estamos apurados, sino porque nos apuran. Paradójico. Nosotros hacemos colas y trámites toda la mañana con una velocidad de tortuga, pero a la hora de la consulta quieren que nos apuremos, que aceleremos el paso, que hablemos lo justo, que solo respondamos a las preguntas.

La médico que nos atiende reconoce rápidamente a Karla y a Heyli (claro, ambas estuvieron dos meses internadas en el hospital). Se emociona. Pregunta, sonríe, se para, las mira, las coquetea, las atiende con la cordialidad del caso. Luego hace las preguntas de rigor y me mira y me dice si Karla regresó a su comunidad. Le digo que no, que se quedó en Cusco a esperar la cita. Aprovecho para pedirle una interconsulta a traumatología. Ella accede de inmediato. Mientras llena la ficha, conversa con nosotros y con el médico internista, quien apunta todo lo que le dice la médico y en ocasiones responde a sus preguntas (es el “ayuda memoria”). 

Salimos del consultorio con la interconsulta en mano. No recuerdo qué dijo la médico sobre la situación de la bebé. Más que no recordar, es que no entendí, ja, ja, ja. Bueno, solo sé que la mamá debe darle de lactar con mayor frecuencia a la bebé. Ésta tiene que subir de peso y aquélla tiene que alimentarse bien. 

Interconsulta

Me acerco a la ventanilla. Muestro la orden de interconsulta a la digitadora, a la dueña de la impresora, a la dueña del “enter”. Mira los papeles, al derecho y al revés, y me dice:

--No se puede sacar interconsulta el mismo día, tiene que pasar 24 horas. Además, como usted puede ver acá pegado, ya no hay cupos para traumatología, así que tiene que regresar el 03 de abril para sacar el cupo.

De regreso a la casa COMARU

Mientras desayunamos o mejor dicho hacemos una merienda al frente del hospital, Karla se sorprende y dice “¡Tres de abril!” Se desilusiona… Una semana y días más en Cusco… Ella ya se quiere ir. Extraña el calorcito, el bosque, el pescado ahumado, la yuca fresquita y sancochada, el masato, a su mamá, a sus hermanitas y no sé si a su esposo. Pero se reanima rápido y me dice con una sonrisa: “Entonces ¿después del tres ya me puedo ir?”. A ver, muchacho valiente, ¿cómo responder a eso, sabiendo el funcionamiento del sistema de salud público?

Un selfie, en el taxi

El SIS para Heyli

En algún momento de las colas, que generan esperas largas, aprovecho para mandar mensajes de wasap a medio mundo, pidiendo socorro para tramitar el SIS de la paciente. Un número me responde. Es Wilbert, un funcionario del SIS. Es un capo. En un santiamén saca o regulariza el SIS de Heyli, lo que no pudieron hacer en el hospital. Algo falla con el sistema, con el sistema informático de los hospitales, con el sistema de atención al cliente y con el sistema nervioso del personal administrativo.

 

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