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Pacientes de Santa Fe y Mashía (Tangoshiari), y Maizal (Tayakome)


Cusco, viernes 01 de julio de 2022, día de Santa Ester

A continuación, el reporte del día sobre la atención de dos pacientes internados en el piso de pediatría B del hospital Regional del Cusco: Luana, de Santa Fe (Tangoshiari), e Isaí, de Maizal (Tayakome). También el reporte desde Quillabamba sobre la paciente Banita de Mashía (Tangoshiari).

Roger, desde Quillabamba 

Roger es un líder matsigenka de antaño y es nuestro agente de salud en Quillabamba (capital del distrito de Santa Ana, provincia de La Convención, departamento del Cusco. La ciudad está considerada como una de las más grandes de la Amazonía).
Me llama temprano, a las 8:00 am, y me dice que ayer trató de averiguar sobre Banita. Este es su reporte: ella está internada en maternidad del hospital de Quillabamba, pero no la pudo ver. Su acompañante, Ángel, y sus dos hijos pequeños están alojados en COMARU (organización indígena). Es todo lo que sabe.
Hoy, más tarde, irá a la hospital de nuevo para tratar de hablar con Banita, tomarle fotos y enviarme foto de su DNI. También buscará a Ángel y su familia para ver la alimentación.

Paquete globular

Roger me llama a eso de las 9:30 am. Me dice que el interno de maternidad del hospital ha solicitado un paquete globular para Banita. El costo es de S/. 270.00 soles. Hablo con el médico y le hago las preguntas clásicas, especialmente las referidas a que no se puede pagar por sangre, que es un delito calificado como tráfico de órganos. Él me dice que no se paga por la sangre, sino por los trámites administrativos que se deben hacer para traer la sangre desde el Cusco. 
Le pregunto si en realidad Banita requiere de esa sangre con urgencia. Me dice que sí, que ella tiene la hemoglobina baja y como está embarazada, esto puede afectar al niño/a con falta de oxígeno y puede causar una... (no recuerdo qué me dijo). Además, si Banita entra a trabajo de parto, entonces es posible que pierda sangre y tiene que tener ese paquete globular a disposición. 
Bueno ¿cómo es, le van a poner la sangre antes, durante o después de la operación? No, --me dice--, la sangre la necesita ya, la transfusión es ya, sin ello no podrá entrar a trabajo de parto (¡acaso la sangre es requisito para parir?). 

Burocratizando la naturaleza de la enfermedad

A este punto de la explicación me pregunto si la naturaleza del parir estará dispuesta a esperar el paquete globular. Es como el caso del termómetro (esto lo describí en un post anterior), donde el personal de salud del área de emergencia nos dijo que para subir a piso era requisito comprar un termómetro. 
Tanto la exigencia del paquete globular como del termómetro tienen una cosa en común: se convierten en condicionantes mucho más poderosos que la propia naturaleza de la enfermedad. Mientras no haya sangre o termómetro, el sistema de salud se detiene, pero la enfermedad y el dolor no. El sistema de salud exige y pone en aprietos a los padres y madres, quienes, apremiados por el avance del dolor y la enfermedad, tienen que cumplir esos requisitos olvidando que al parto y a la fiebre no les interesa en lo más mínimo si hay sangre o termómetro. Así, el sistema de salud, para funcionar, llega al punto de burocratizar la naturaleza de la enfermedad.  

Las gestiones para conseguir donación

Dado que Mashía aportó con S/. 400 soles para el caso de Banita, no nos podemos dar el lujo de gastar S/. 270 soles en un paquete globular que, desde mi punto de vista, el mismo sistema de salud debería proporcionar. Así que iniciamos las gestiones para conseguir dinero de otra parte. 
Alguien del grupo de wasap --creo que fue Norma-- indica que ha conversado con la Municipalidad Distrital de Megantoni (MDM), y que ellos podrían apoyar. Deja en el wasap un número de contacto. Llamo a esa persona y me dice que sí, que ellos pueden apoyar, que hablará con el gerente de Desarrollo Social y que harán el aporte. 
Me pareció genial, pero luego pregunto: 
--¿Es un aporte de ustedes como trabajadores o es presupuesto de la MDM?
--No, no, es una chanchita (bolsa voluntaria de dinero) que hacemos los trabajadores del área para apoyar esos casos de las comunidades nativas. 
¡Plop! Me caigo al suelo... Pero me recupero y re-pregunto:
--¿Pero no hay un área u oficina que se encarga de este apoyo?
--Sí, sí, el área de Bienestar Social. Les preguntaré a ellos o derivaré el caso a ellos.
(¡Rayos, ya tenía plata segura de los trabajadores de Megantoni, pero ahora, por mi tonta e impertinente pregunta justiciera, el apoyo será burocratizado!).
Continúa mi interlocutora:
--Requiero que presente los siguientes documentos: historia clínica de la paciente y recetas. Envíelos al siguiente correo electrónico: ta ta ta @ ta ta ta. 
Bueno, hablo de nuevo con el médico interno y me manda fotos de los documentos. Al medio día los ordeno en la computadora, les doy formato y los envío al correo indicado que, dicho sea de paso, no es un correo institucional, es un correo personal. Cuando aprieto "enviar" en mi computadora, sospecho que el mensaje viaja a una casilla de correo que nadie verá nunca jamás.

La ayudante

Como dije en el anterior reporte, me conseguí una ayudante en el hospital Regional. Es la compañera de cuarto de Jairi y Norma. Ella me wasapea temprano solicitando que lleve varios artículos: jabón para lavar ropa, shampoo, vaso, cucharas, biberón, cepillo dental, crema dental, electroral (bebida rehidratante) y táper. Dice que las enfermeras y el médico le han pedido para las señoras. 
Le digo por el wasap que iré a las 11:00 am a ver el tema. También le pido la receta del electroral, pero dice que no la tiene, que el médico la pidió de palabra.
Cuando llegué más tarde, me entero que el médico nunca pidió el famoso electroral, que fue una solicitud de "mi ayudante comprometida", porque, según ella, Isaí necesitaba con urgencia el electroral. Le explico a ella y a Norma que solo voy a comprar las cosas que indique el médico bajo receta, y no las cosas que ellas crean por conveniente. 

El subjefe

Mientras voy rumbo al Regional en el mago blanco, suena mi teléfono. Es un número desconocido que me pregunta:
—Buenas, ¿es el coordinador de Mashía?
—No, mi nombre es tal y represento a tal.
—A ya hermano, quiero hablar con Jimmy, soy el subjefe de Tangoshiari; el jefe me ha encargado llamarte.
Le explico a Luis los pormenores de la atención que estamos haciendo. Está contento y me agradece. 

Más recetas

Llego al hospital Regional. Hay cierta resistencia para dejarme entrar en la reja, pero luego el de la puerta ordena que dejen pasar "al caballerito”. Paso la valla con el pecho erguido.
Llego al piso y resulta que están pasando visita médica. El interno me reconoce y saluda. Sale de inmediato y me alcanza la receta.
Me dice que si yo puedo comprarla. “No hay problema”, le digo. Luego viene una enfermera y me dice que también compre leche en fórmula. Le digo que me dé una receta. Ella me quita la receta que tengo y escribe más abajo lo que quiere. 
Siempre que atiendo a recién nacidos me piden que compre lo mismo, especialmente Mucovit, porque nunca tienen en stock (¿acaso los hospitales públicos nunca tienen Mucovit NF en jarabe?). 


La visita médica

En el tumulto de gente que está en la habitación, hay una persona al medio. Está rodeada de mandiles blancos (internos e internas de medicina) y trajes turquesas (enfermeras). Todos y todas responden a sus preguntas como si se tratara de un examen final. 
Ella pregunta: ¿De dónde es esta paciente? ¿Cuál es el diagnóstico? ¿El tratamiento? ¿El peso? ¿Cuánto de orina hizo hoy? ¿Ya se hicieron los análisis?… Las internas, leyendo sus apuntes, responden rápidamente. La doctora espera las respuestas sentada en la cama de las pacientes (ella sí puede sentarse sin que le digan nada), y las mira acuciosamente, probándolas. 
Las pacientes que aún pueden ver la interacción del personal de salud, miran atónitas aquel movimiento sin entender absolutamente nada. Las bebés solo lloran por falta de su madre. 
Las madres de familia están afuera de la habitación. No pueden estar adentro mientras dura la visita médica, está prohibido. No sé por qué. Así, el diálogo (o la visita médica) solo es entre la médico pediatra y la internas. Las enfermeras y las técnicas solo escuchan. Las madres de familia --las que entienden castellano-- se acercan a la puerta para escuchar algo. Jairi y Norma solo salen al pasillo a esperar. No les interesa la perorata médica y solo esperan las indicaciones que les darán después las enfermeras, pero, en realidad, ellas prefieren guiarse por la observación diaria de sus hijos.

La doctora corazón

Milagrosamente (porque los milagros sí existen), la médico pediatra de turno se me acerca. Me saluda y me informa la situación de ambas pacientes. Una por una me da el diagnóstico, la evolución y el tratamiento a seguir. También me da indicaciones para cada mamá. Aprovecho para darle mi tarjeta de presentación. Ella acepta con gusto (hubo algunos médicos que me la han rechazado groseramente). 

El peso ¿aumentó o no?

Mientras espero y converso con Norma y Jairi, noto movimiento en la habitación. La médico pediatra entra y sale para revisar los documentos de Isaí. Hay controversia sobre su peso. La técnico de turno, una mujer adulta y de experiencia, dice que el bebé no come y no toma su leche, y por ello se cuestiona el aumento del índice de peso. La médico duda y pregunta: --¿Quién la ha pesado? 
Hay movimiento, viene una técnico o una enfermera y vuelven a pesar al niño. Los resultados son los siguientes según las frases altisonantes de la persona encargada de pesar a Isaí: 
--¡Ya vez, incluso ha subido de peso, no sé porqué dicen que está mal pesado!
La controversia se traslada al área de las enfermeras. Los pacientes, las mamás y las visitas, solo observamos el show.

Buenas noticias para Jairi

Le digo a Jairi que el jefe de su comunidad dio plata para el apoyo, S/. 400 soles. Son buenas noticias para mí y para ella. Pero luego me arrepiento de haberle dicho tal noticia. Jairi empieza a pedirme una y otra cosa, y cuando no le traigo lo que me ha pedido, se molesta e insiste. Cuando le traigo cosas donadas me dice: 
--¿Y por qué no has comprado? 
Y cuando me estoy por ir me dice: 
--¡No te olvides de traer lo que te he dicho!
Quiero decirles a todas aquellas personas que creen que el poder adquisitivo de la mujer es un aliciente para su empoderamiento que, en esta ocasión, tienen toda la razón. Jairi, cuando vino desamparada, a penas pedía cosas y lo que se compraba estaba estrictamente bajo mi criterio. Ella solo aceptaba los dones, incluso con cierta timidez o vergüenza. Ahora que sabe que su comunidad la está apoyando con plata, entonces cambió el tono de su voz y ahora exige lo que ella realmente quiere, y claro, no quiere cualquier cosa. Tampoco escatima en gastos; al parecer, para ella, con S/. 400 soles se puede comprar todo el hospital. 
Pero el cambio de su actitud es para mí una lección. Yo tenía independencia con el dinero que manejo, y ahora, con dinero ajeno, estoy sometido a otras directrices. La lección es que, en cualquiera de los dos escenarios, y sin importar en cuál me sienta más cómodo, sigo sirviendo con la misma alegría y afecto.

Jairi me planta la mirada

El teléfono en manos matsigenka

Luis, el subjefe de Tangoshiari, me pidió hablar con Jairi. Llamamos a Luis y él contesta. Ambos conversan o, mejor dicho, Jairi habla y habla en su idioma, casi sin respirar. En pocos minutos le cuenta todo a Luis, quien solo atina a decir "neje, neje, nani, nani" que quiere decir "ajá, ajá, ya, ya". Jairi se desahoga al hablar. Tal vez es la emoción de hablar su idioma con alguien de confianza, o tal vez el hecho de que puede conversar con alguien sobre los pormenores de su travesía al Cusco. Termina de hablar --mejor dicho le pido el teléfono-- y hablo con Luis y le pregunto cómo está Jairi. Él me dice que no tiene agua. Miro a Jairi y ella me dice de forma seca: "cómprame agua". Le traigo tres litros. 

Norma, sus preocupaciones

Norma, que está escuchando todo, para las orejas. También quiere hacer una llamada. Me da un papel con los nombres de Juan, el sicólogo del Centro de Emergencia Mujer (CEM) de Salvación, y de Yusef, la abogada de la misma institución. Norma quiere hablar con Juan para pedirle el teléfono de Margoth, la comadre donde Norma dejó a sus dos hijos. 
Llama a Juan. Éste le dice que irá mañana a visitarla porque recién ha llegado de Salvación. También le dice que conseguirá el teléfono de Margoth. Intervengo y le digo que yo tengo el teléfono de Margoth. Luego Juan quiere hablar conmigo y me da una noticia delicada y lamentable: por los sucesos que pasó Isaí, ahora el niño está bajo la custodia del Estado. 
¿Del Estado? ¡Y dónde está el Estado carajo, porque desde que vinieron Norma e Isaí al Cusco, nadie más que nosotros, nuestro grupo de voluntarios, han visto por ellos! ¡El Estado recién llegará mañana, cuatro días después! ¡Y no lo dudes, vendrá para juzgar, para delegar su responsabilidad a otros, para abandonar a la madre a su suerte, para poner al niño bajo la custodia de una casa hogar que Él no financia!
Norma interrumpe mis cavilaciones y me dice: --Hermano, hermano, llama a Margoth, quiero hablar con Margoth. 
Llamo a la susodicha Margoth, que, según sé, es la persona que le hizo la curación a Isaí y terminó por provocarle quemaduras. En fin, Norma habla con su comadre a gusto. La mayoría de la conversación es en matsigenka. Logro escuchar que Norma pregunta por sus otros hijos, los que dejó en Salvación. Por fin entiendo la intranquilidad, el mal humor y la impaciencia de Norma; está preocupada por sus otros hijos, los que están bajo el cuidado de su comadre Martha, allá en Salvación. Me digo a mí mismo, con una alta dosis de sarcasmo: "tranquilo Donaldo, no te preocupes, seguro que papá Estado estará cuidando a los otros hijos de Norma con diligencia y responsabilidad". 

Cavilaciones sobre Norma

Plantearé un tema delicado: ¿por qué Norma dejó a su hijo a los ocho meses de nacido? Conversé el tema con mi esposa y me dice que es normal destetar a un hijo cuando ya se tiene otro en la barriga. Recordemos que Norma está embarazada de cinco o seis meses. Sí, es normal destetarlo, ¿pero dejarlo a su suerte? El asunto es complejo cuando analizamos el tema desde nuestra posición. Es decir, una mamá urbana de clase media pudiente, con pareja estable, puede mantener dos hijos, uno tras otro, hasta tres, porque puede resolver el tema de la logística: alimentación, cuidados, educación y salud. En cambio, una mamá que vive en las cabeceras de las cuencas (donde los recursos de por sí son escasos --es una zona de refugio, no de abundancia--), con una pareja inestable o que trabaja fuera, con dos hijos mayores y otro por venir, y, sin hermanas o madres o tías o suegras o cuñadas que le apoyen, entonces no puede solucionar uno de los problemas más cruciales de la logística materna de las mujeres matsigenka que viven en las cabeceras de los ríos: criar dos hijos al mismo tiempo. Entonces, su única opción es elegir. 

Más compritas

Dado que Jairi tiene plata de su comunidad, mejor compro sus solicitudes. 

Norma mirando sus compritas. Ella no reclama

Ropitas para lavar

Ayer recolecté ropas sucias de Jairi y de su bebé y hoy se las traigo sequitas. Mi madre lavo la ropa, tan linda ella, se presta al voluntariado sin reclamos. 

Nuevo reporte desde Quillabamba

Roger me llama a eso del medio día. Me dice que logró ubicar a los familiares de Banita, pero que no logró verla porque hay mucho movimiento en el hospital y el acceso es restringido. 
El asunto es que los familiares de Banita --su esposo y dos hijos menores de edad-- están alojados en COMARU. Los ubicó y los llevó a tomar desayuno y les pagó el almuerzo y cena de hoy y de mañana. En otras palabras, están pensionados en un restaurante cercano a COMARU, a donde pueden ir a pie y pedir su alimentación sin problema. 

Ángel, compañero de Banita, desayunando con sus hijos

Doctora milagro

Son las 7:00 pm y veo una llamada perdida (como tengo mi celular en modo "no molestar", pues no me di cuenta). El celular me dice que me llamó una tal "Milagros, pediatra del Regional". No recuerdo para nada ese contacto, pero como dice hospital Regional, entonces sé que tiene que ver con los pacientes. Devuelvo la llamada y saludo:
--Buenas noches, ¿hablo con Milagros? Mire, resulta que por alguna razón tengo grabado su contacto en mi celular. 
--Sí, sí, en efecto, soy la doctora Milagros del hospital Regional, conversamos con usted hoy por la mañana.
--A ya, ¡usted es la doctorita que se me acercó después de la visita médica?
--Sí, sí, soy yo. Mire usted, mañana va a entrar a sala de operaciones Luana (es la hija de Jairi), se está programando la operación, así que la mamá tiene que firmar el consentimiento informado; ya le hemos explicado a la mamá, pero de repente no entiende por el idioma. Queremos pedirle que venga usted mañana a las 7:00 am para que le explique a la señora lo del consentimiento y firme. 
Me deja frío, ¿mañana sábado a las 7:00 am? Mejor le digo a Vilmanuel que vaya, je, je, je. Llamo a Vilmanuel y no dice nada. Ni modo, tendré que ir yo. 

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