Trámites de sepelio del niño de Maizal (Tayakome), el cambio de Rosita de Mashía (Tangoshiari) y las preocupaciones de Jairi de Santa Fe (Tangoshiari)
Cusco, sábado 09 de julio de 2022, Santos Agustin Zhao Rong y Compañeros
A continuación, relato tres eventos: los trámites de defunción de Isaí de Maizal; el cambio de Rosita, la madre del RN de Mashía; y las preocupaciones de Jairi, la mamá de Luana de Santa Fe.
Ascensión y su oficina de Pueblos Indígenas
Ayer por la noche concordamos con el Lic. Ascensión para vernos hoy a las 7:30 am en el hospital Regional. Tenemos que hacer los trámites de defunción de Isaí, quien falleció ayer.
Ascencio es enfermero y es el encargado de Pueblos Indígenas en el hospital Regional. A propósito del tema, en algún momento del día le pregunté dónde era su oficina, y él me respondió golpeándose el pecho: "aquí mismo donde ves hermano". Quiso decir que esa dependencia del hospital no tiene una oficina, o sea que no hay presupuesto, personal, escritorios, computadoras, horarios... Tal vez sea lo mejor, ya que Ascencio ejecuta sus funciones mientras camina por los pasillos del área de emergencia del hospital. Su labor no está burocratizada, sino corazonada.
Son las 7:30 am y salgo en el mago blanco hacia el Regional. En la puerta principal no me ponen vallas y entro sin problemas. Los guardianes, a pesar del frío de la hora, me reconocen.
Norma está más tranquila
Subo al piso donde dejé a Norma, en el área de Pediatría B. La encuentro tranquila, cambiada, con las cosas listas para salir.
Hablo con las enfermeras y me dicen que debo hacer el trámite de reposición de la unidad de sangre que se le puso a Isaí cuando él llegó. Le digo a Norma que me acompañe a hacer los trámites. Mientras tanto, las enfermeras y los internos están de un lado a otro, con el trajín alborotado, porque Luana, la hija de Jairi, hoy entrará a la sala de operaciones.
Banco de Sangre
Siempre digo que el único banco que quebró durante la pandemia fue el Banco de Sangre. Durante el COVID-19, y ahora mismo, la sangre es escasa y los donantes son pocos.
La regla en el hospital es la siguiente: si un paciente recibe una unidad de sangre, entonces los familiares tienen que reponer la misma cantidad al Banco de Sangre. (La verdad no sé de dónde sale esta regla, no sé si está escrita o es norma; me huele que es una exigencia inventada --no escrita-- del hospital).
Pero ¿cómo reponen la sangre los familiares? Tienen que convocar a los suyos o a donantes "voluntarios".
El problema es que Norma, matsigenka proveniente de Maizal, del corazón del Parque Nacional del Manu, no tiene familiares ni conocidos en Cusco. Tampoco tiene plata ni medios para "convencer" a los "voluntarios". Y aunque tuviera familiares o amigos en Cusco, ellos no podrían donar, porque la sangre de la selva, con uno y mil virus metaxénicos, por norma, no se puede donar.
Amigo, regresa a las 10:00 am
Llevo a Norma al Banco de Sangre para que me ayude con los trámites. Hablo con la persona encargada y le cuento el asunto: el paciente es de la selva, de comunidades nativas, no tiene familiares, la mamá habla matsigenka y yo soy una persona que apoya, por ello, le solicito que nos exonere la unidad de sangre que se debe. El hombre me dice: --bien, veré su caso, regrese a las 10:00 am.
Trámites en ascensión
Llamo al Lic. Ascensión. Me dice que le espere en el Banco de Sangre. Norma y yo obedecemos. Llega el Lic. y habla con el encargado del Banco de Sangre con toda confianza y naturalidad:
--Jefe, yo tengo un problema y tú tienes la solución.
--¿De qué se trata licenciado?
--Aquí hay una persona de comunidades nativas que requiere exoneración de la unidad de sangre.
--Ah sí, ya vino el joven y le dije que... (no termina la frase)... (sigue pensando)... mejor de una vez lo resolvemos. Ya, necesito que vayas a la oficina de Asistencia Social y pidas una ficha de pobreza extrema.
--Ya jefe, así haremos de una vez.
--Sí, sí, de una vez, ahorita lo resolvemos (mágicamente el hombre se olvidó de que hace unos momentos nos dijo que regresemos a las 10:00 am; seguramente se embargó con la autoridad de Ascensión).
Asistencia (o inasistencia) Social
--Jefa, jefita, buenas, ¿puedo pasar? --dice Ascensión mientras abre la puerta de la oficina de Asistencia Social del hospital--.
--Pase licenciado, pase, abra nomás.
--Buenos días jefitas, tengo acá un caso de comunidades nativas... (Ascensión se explaya en el caso).
--Ya licenciado, le vamos a atender, pero terminaremos de desayunar. (Mi reloj da las 8:00 am y me parece que ya es hora de oficina, pero el par de asistentas están desayunando).
--Ya jefita, regresamos entonces.
--Sí licenciado, en un ratito nomás.
Al parecer interrumpimos la cháchara privada de las dos señoras que desayunan plácidamente en la oficina.
Aprovechamos para ir a la vuelta a tomar chocolate caliente y café de una máquina expendedora. Nos toma algo de cinco o diez minutos y vemos que una de las asistentes nos llama. Entramos a la oficina y una de las asistentas --al parecer la jefa de la otra-- se sienta en la computadora y taca taca taca con el teclado. Hace varias preguntas de tanto en tanto y otra vez al teclado taca taca taca. Mientras ella llena los formularios, Ascensión y yo conversamos de todo un poco, especialmente sobre las aventuras de él cuando trabajaba en la selva. La sentencia que quedó en mi mente fue la siguiente: "hermano, he pasado momentos felices en esas comunidades, he sido feliz hermano con los matsigenka, por eso hoy los apoyo".
Ficha y solicitud
Luego de media hora de estar sentados y de responder a las preguntas de la funcionaria, finalmente salen dos documentos: una ficha que sustenta la situación de pobreza de Norma y una solicitud pidiendo al director general del hospital la exoneración de una unidad de sangre. Norma, que estuvo respondiendo --y a veces escuchando las "recomendaciones" (eran increpaciones) de la asistenta-- firma los documentos sin dudar.
De vuelta al Banco
Vamos con el pull de documentos al Banco de Sangre. El hombre nos recibe con amabilidad y también se sienta en su computadora y taca taca taca, golpea el teclado. Mientras tanto, Ascensión me sigue contando su vida en la selva y las peripecias que tuvo que pasar cuando no había voluntarios que ayuden a la gente del bosque y del río en su estadía hospitalaria.
Ascensión es un tipo que guarda en su memoria --y en su corazón-- las más inverosímiles anécdotas de los indígenas amazónicos en los hospitales. De pronto, se detiene el taca taca taca de la computadora y el hombre nos dice: saquen tres copias de esto, tres de esto, tres de esto y tres de esto; también tres de estos sin olvidar otras tres de estos documentos.
Ascensión, Norma y yo paseamos por los pasillos del hospital con los documentos y las mil copias solicitadas. Andamos confiados, porque las puertas están abiertas, es decir, el trámite no ofrece impedimentos. Todo es diferente con Ascensión.
Adiós Ascensión
El licenciado siente que todo está encaminado y me dice que me deja. Acepto, ya que es cierto, ya la maquinaria burocrática está andando por sí sola. Ya no tengo que rogar a nadie, al contrario, todos se dan su tiempo para atenderme, solo tengo que sacar las mil copias cada vez que me piden y responder a las mil y una preguntas repetidas (¡ya me sé de memoria hasta el número de DNI de Norma!).
De regreso a la Asistencia Social
El funcionario del Banco de Sangre me da indicaciones:
--Con esto vas al piso y entregas el documento, y luego las enfermeras te van a entregar el certificado de defunción.
--Pero ya tengo ese certificado.
--Si pues, se han equivocado, te han dado antes el certificado, porque eso te tienen que dar después. Pero bueno, con este otro papel vas donde las asistentas y les entregas, y este otro papel entregas a Mesa de Partes.
--Pero hoy es sábado, Mesa de Partes no trabaja.
--Cierto, entonces regularizas el lunes.
Voy donde las asistentas sociales. Les doy el documento. Se portan chévere, nos dan el documento de alta y nos exoneran el pago de la morgue.
Con todo ello voy al piso, donde las enfermeras de Pediatría. Allí les entrego los documentos y ellas felices. Salimos de allí con Norma y todas sus cosas. Mientras tanto, Luana ya está en la sala de operaciones y Jairi la espera.
El Estado aparece
Juan, el sicólogo del CEM (Centro de Emergencia Mujer) de Salvación aparece. Ya vino ayer por la tarde y quedamos en vernos hoy para hacer los trámites. Lo pongo al tanto de los avances: --ya está hecho todo el trámite amigo, a las 3:00 pm hay que regresar para recoger el cadáver de la morgue. Ya contraté a la funeraria y nos van a cobrar S/. 450 soles. Yo puedo aportar con ese dinero, pero va a hacer falta plata para los traslados de Norma y el féretro a Salvación. Juan me dice que su oficina cubrirá los gastos de traslado. Bacán.
Pumita
Las funerarias se enteran rápidamente de las defunciones (parece que tienen orejas en los pisos del hospital y en la morgue). Las personas que representan a las funerarias están afuera del edificio, soleándose, esperando la oportunidad de acercarse y ofrecer sus servicios. Vienen como buitres a su presa, uno por uno, tanteando, preguntando, averiguando, picoteando y hablando una mal de la otra.
Felizmente, yo tengo mi argolla. Trabajo hace dos años con la Funeraria Puma. Yeni, la dueña, terminó por convertirse en mi amiga y Raúl, su hermano y operario, es cálido y servicial. Ambos saben del trabajo que hacemos y me ofrece buenos precios y disposición.
Rosita de la ciudad (aparentemente)
Aparece el enfermero Vilmanuel en el hospital Regional. En la mañana le encargué que vaya al hospital Lorena a buscar a Jimmy y Rosita, los papás del RN que está en neonatología.
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| Rosita en la ciudad |
Vilmanuel me informa que encontró a Rosita completamente cambiada, a tal punto que no la reconoció, porque traía ropa citadina en vez de su cushma azul. A Jimmy lo encontró igualito, con el mismo buzo y botas de hace una semana.
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| Jimmy (con la misma facha, pero más avispado) y Rosita (con ropa nueva, pero con la misma mirada) |
La operación de Luana
Encuentro a Jairi esperando a que su hija salga de la sala de operaciones. Pasa un rato y la niña sale de la cirugía. Subimos al quinto piso, al área de Neurología, cama 531.
Jairi está preocupada, su hija no deja de llorar por los efectos posoperatorios. No le puede dar de lactar hasta las 6:00 pm. Jairi trata de calmarla dándole suaves golpesitos en el pecho. La niña no se calma. Ni modo, a esperar.
Merienda
Salimos con Vilmanuel a almorzar. Probamos un riquísimo nabo jaucha, un plato típico del Cusco y que solo se vende de forma ambulatoria, así que comimos como cualquier hijo de vecino, sentados en la vereda.
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| Nabo jaucha |
A la morgue
Luego del almuerzo y de llevarle su plato de pollo a la brasa a Norma, a quien dejamos acompañando a Jairi en Neurología, Vilmanuel y yo nos estiramos en los jardines del hospital para la hora de la hallpa (conversar y descansar mientras llevamos a la boca grupos de hojas de coca enjutada con llipta, una masa amarga hecha de ceniza).
De pronto (porque cuando se hallpa el tiempo pasa rápido) ya son las 3:00 pm y salgo corriendo a la morgue mientras Vilmanuel va por Norma para darme alcance.
Llega el carro de la funeraria Pumita y entramos a la morgue. Nos atiende el señor que abre las rejas de la puerta de emergencia del hospital. Le presentamos los documentos (también había un grupo de documentos para él), respondemos a las mismas preguntas y firmamos el acta de entrega del cadáver. Mientras el hombre nos hacía las preguntas de rigor y trataba de escribir los nombres y apellidos en castellano que se ponen los matsigenka (para él eran sílabas raras y confusas), el operario de Pumita, Raúl, saca el cuerpito de Isaí de la congeladora (ahora el hospital tiene sistema de refrigeración) y lo lleva al auto. Cuando el hombre termina de llenar los documentos le pregunta a Raúl si sacó el cadáver correcto, porque no vaya a ser que saque otro. Todos verificamos y sí, es el cuerpo que venimos a buscar.
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| La carroza de Pumita |
Paradero Control
Raúl, el conductor; Vilmanuel; el enfermero; Norma, la mamá del fallecido; y yo, nos vamos al Paradero Control, en el distrito de San Jerónimo, donde están los carros para Salvación. Llevamos el pequeño cajón de Isaí en un carro grande.
Antes de salir, coordiné con la empresa de transportes de siempre para que lleven a Norma y el féretro. La persona que me atendió, Mari, me dijo que me cobraría S/. 40 soles por la pasajera y S/. 60 soles por llevar el cajón. En total S/. 100 soles. Acepto, es un buen precio (total lo pagará el CEM Salvación).
Nadie quiere un muerto en su carro
Antes de llegar al paradero, Mari, la persona que vende los pasajes, nos dice que embalemos el cajón en una frazada para que no haya roche, es decir, para que la gente --especialmente los pasajeros-- no se enteren que están viajando con un ataúd y un muerto adentro.
Bueno, dada la recomendación, ponemos el cajón en dos bolsas de nylon y las envolvemos con cinta de embalaje. Desde luego que fue difícil disimular que se trataba de un féretro de un metro de largo, pero hicimos lo que pudimos.
Al llegar, la vendedora de los pasajes nos dice que el chofer de la combi no quiere llevar el cajón. Hablo con el chofer y no quiere por nada. Yo pensé que quería más dinero, pero no, lo que pasa es que el chofer tenía miedo de llevar un muerto en el carro. En ese momento no entendía por qué, pero simplemente el chofer decía: "no se puede, no se puede, qué van a decir mis pasajeros".
En conclusión, ningún servicio de combi oficial, o mejor dicho ningún chofer, quería llevar el féretro. Fuimos a ver tres empresas distintas que iban a Salvación, pero nadie quería llevar el cajón.
Estábamos a punto de rendirnos, hasta que alguien nos dio una idea: que el cajón vaya hasta Pillcopata y allí toma otro carro a Salvación. Fue así que empezamos a buscar combis que iban a Pillcopata y felizmente encontramos una que no opuso resistencia. Fue porque le dijimos que teníamos a una pasajera con su bulto (no dimos detalles que era un féretro). La vendedora dijo que no había problema, que suba nomás la pasajera y su carga, que nos cobraría por todo S/. 35 soles.
Trajimos el cajón y el chofer de la combi estaba encima de la parrilla acomodando la carga de los demás pasajeros. Cuando le paso el cajón, él, mientras lo recibe, dice:
--¡Pucha! ¡¡Y esto!!!
--Hermanito, ayúdame con esta por favor.
--Ya, ya, por aquí nomás lo acomodaré, pero tienes que pagar un precio por esta "carguita".
--¿De cuánto sería?
--Quince soles (pone cara de haber hecho un gran cálculo, porque dijo la cifra alargándola, como así: son quiiiiiince soles).
--Ya hermanito, que sean quince soles.
Pago de inmediato antes de que se arrepienta... (¡nos salió más barato que la primera opción!).
Adiós, Norma; te quiero
Norma sube a la combi. El cajón de Isaí está arriba, en la parrilla, bien acomodado y allí estará hasta llegar a Pillcopata. En Pillcopata lo recogerá la camioneta de la Fiscalía (gestión del CEM) y lo llevará a Salvación, su destino final.
Subo a la combi para despedirme de Norma. La beso y la acaricio. Por primera vez siento su afecto y su ternura. Está sollozando y con tristeza se despide diciéndome "chau hermano". Solo al final de la ruta muestra su afecto y veo la dimensión de su ternura y de su tristeza.
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| Norma y su servidor |
Raúl maneja con muertos
Salimos de allí con Raúl, el chofer de la funeraria. Ya van dos años de trabajar juntos y nos tratamos con afecto y respeto. Le cuento sobre la negativa de los choferes de llevar muertos en sus carros y le pregunto qué le parece eso, ya que él, precisamente, maneja una "carroza" funeraria.
Raúl se ríe y nos dice que los choferes tienen miedo de llevar muertos porque creen que se van a voltear en el camino, que es de mala suerte llevar muertos en el carro.
--Raúl, tú llevas muertos en tu carro fúnebre todo el tiempo, ¿qué opinas al respecto?
--No pasa nada hermano, solo hay que manejar con cuidado y punto.
Raúl echa por tierra las supersticiones de los choferes y desenmascara a los "max 5" de las carreteras, quienes se vuelcan por imprudentes y no por mala fortuna.
Jairi, preocupada
Vilmanuel y yo retornamos al hospital Regional a ver a Jairi. Ya son las 5:00 pm. Luana, la bebé, dejó de llorar. Su mamá ya le dio teta. Pero Jairi está molesta, intranquila, no nos da la cara. Vilmanuel la aborda en matsigenka y ella responde lo elemental.
Jairi le pide a Vilmanuel hablar con Luis por teléfono. Luis es el subjefe de Tangoshiari. Vilmanuel hace la llamada. Jairi pone a Luis al tanto de los sucesos. Entre otras cosas, le dice que no puede expresarse bien en castellano y que por ello no es capaz de pedirme cosas de forma apropiada, y teme que yo me moleste y deje de apoyarla.
Jairi aprovecha para pedirle a Luis más apoyo económico. Luis le niega diciéndole que los S/. 400 soles es todo lo que dará la comunidad. Ante la negativa, la salida de Jairi es pedirle a Luis para que le diga al papá de Luana que envíe plata.
La conversión de Jairi con Luis --que me fue traducida luego por Vilmanuel-- me hace reflexionar. Jairi tiene dos barreras que no puede superar: el idioma y la incertidumbre. La primera, le impide hablar conmigo de manera cortés o correcta según la forma matsigenka, y la segunda, la sume en la preocupación del "qué pasará después, cómo voy a regresar a mi comunidad". Quisiera decirle que no se preocupe, que la apoyaremos hasta el final, que estamos aquí para ella, pero mejor lo dejaré a los hechos y no a las palabras. De alguna manera, debemos aprender a confiar, a tener fe. Agobiarnos por la incertidumbre y la incomunicación es dudar de la Providencia, de la causalidad del universo, de la voluntad de Dios.






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